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VIAJERO POR EL SAHARA

Tuesday, December 23rd, 2008

JUAN RODRÍGUEZ BETANCOR. Hace poco acudí a Laayoune (El Aaiún) para la inauguración del restaurante El Rincón de Darío, cuyo titular es el empresario canario Luis Rosales, que ya disponía de una casa de comida y hospedaje en el Puerto de Laayoune, a la que puso el nombre de su mujer: Josefina.

Al citado acto social acudieron amigos y familiares, y no faltó ni la curia de la Prefectura Apostólica de la Iglesia de Roma en el Sahara. Es de esperar que este nuevo restaurante siga los mismos pasos que el Hotel Restaurante Josefina, consiguiendo ser otro referente para los viajeros que desde Tánger se enfrentan a la carretera panafricana que les conduce hasta Dakar. En especial, para quien tras recorrer los 640 kilómetros que distan de Sous-Massa-Drâa a la Sakia El Hamra, desee repetir el sabor de la última cerveza que hubo de saborear en una de las tantas terrazas de la Marina de Agadir.

Esta añoranza por la placentera perturbación de los sentidos la experimentará el viajero desde que cruza el río Massa y penetra en los sucesivos paisajes desérticos que aparecen junto con lo prohibido. Es decir, esa atmósfera densa, existente ya en los albores del segundo milenio, cuando surgieron en esos mismos lugares los movimientos rigoristas que expandieron su intransigencia hasta los confines de Al-Ándalus. Un fenómeno purificador que agrupó primero, a los nómadas del desierto: los almorávides (1055-1147); después a los beréberes de las montañas del Atlas: los almohades (1130-1269). Rememorando aquellos tiempos el viajero avanzará sorteando las últimas acacias y los rugosos, espinosos y centenarios arganes enraizados en las últimas laderas. Toda una simbología paisajística que le recordará que la tradición es el fundamento esencial de las religiones procedentes del Libro. Sin embargo, dada la materia que tratamos: la inauguración de un restaurante en el Sahara, al viajero le conviene saber que los excesos de severidad del pasado quedaron para la historia. Lo que no significa que entre los puristas del Corán pervivan aún determinadas confusiones. Por ejemplo, con respecto al consumo de alcohol.

En opinión de uno de los especialistas mundiales del Islam, John L. Esposito (El Islam. 94 preguntas básicas. Alianza Editorial), aparentemente el Corán demoniza el vino y el juego, pero como en toda religión de transmisión oral, la interpretación que resulta admisible siempre es la última. En ese sentido, la más actual y verosímil asegura que el vino que demonizó el Profeta fue el que en aquella época y en la península de Arabia se hacía con dátiles; puesto que en la aridez de aquel territorio no florecía otro fruto de donde pudiera obtenerse vino. No era ni es el caso de Marruecos, que desde siempre ha contado con cultivos de viñedos. Actualmente dispone de siete regiones vinícolas, siendo la más conocida la que cubre la meseta de Tifrit, en el Medio Atlas, cerca de la ciudad imperial de Meknes, donde cada año celebran la Fiesta de la Vid. “De la vid, no del vino”, suele advertir su alcalde, que pertenece al partido islamista Justicia y Desarrollo; partido político confesional que en la región de Meknes obtuvo su mayor porcentaje de votos en las últimas elecciones legislativas. Pero a esa advertencia del alcalde, la replican los bodegueros y los empresarios turísticos que el Corán no prohíbe expresamente el vino obtenido de la uva, sino el del dátil; añadiendo que fueron árabes quienes introdujeron en los idiomas de Occidente el vocablo “al kohl”. También exhiben como alegato el legado poético que dejaron los andalusíes, demostrando cuántas virtudes atribuían al vino; asimismo, recurren a la arqueología para demostrar que los beréberes cuidaban de los viñedos del Magreb mucho antes de que llegaran los fenicios.

Pero los partidarios de una mayor apertura en el consumo de vinos y licores en Marruecos no se apoyan sólo en la teología o en la historia. Acuden a pruebas más pragmáticas, como las que en la pasada década de los ochenta contribuyeron a extender el cultivo de la vid por el área septentrional del Magreb. A saber: el sector da trabajo por ahora a diez mil personas, producen divisas dada la buena aceptación de sus caldos en el mercado francés; y por último, con el impuesto que grava la nada desdeñable cifra de vino que se comercializa como consumo interno, se nutren las haciendas de las administraciones públicas marroquíes.

En cambio, en las circunscripciones del sur de Marruecos, donde el PJD no logró ni un solo escaño, pues los votos fueron para centristas (Istiqlal) y socialistas (USFP), lo que hay que lamentar es que los vencedores se hayan prestado a ser cómplices del rigorismo más conservador, forzando al viajero a mantenerse sobrio. Por fortuna esta regla tiene dos excepciones: la primera, la carta de excelentes vinos de Meknes que ofrece el Restaurante Casa Josefina; y la otra, el libre albedrío derivado de la inteligencia intuitiva del bebedor social, que cada anochecer decide encaminar sus pasos hacia los salones del Hotel Almassira de Laayoune, emulando a los primeros cristianos en su andadura por las Catacumbas, pues ha de recorrer casi a oscuras los laberínticos pasillos interiores del hotel hasta tropezar con el bullicio de una barra en la que se apiñan los soldados de la Minurso, distinguibles por la variedad étnica, cultural, e idiomática; y unificados por la advocación a un nuevo tótem, o más bien, un Jano reencarnado en un camarero sui géneris, no porque tenga dos caras como el dios latino, sino por los dos únicos vocablos inteligibles en todos los idiomas, que insistentemente repite: “¿Whisky? ¿Ginebra?”

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