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Un tipo corriente al asalto del Mont Blanc

Sunday, January 18th, 2009

Rutas asequibles en torno al pico francés, de 4.810 metros, donde nació el alpinismo

Al mirar por la ventanilla del avión, ya cerca de Ginebra, podemos encontrarnos con un paisaje irreal, inquietante. Las cumbres nevadas de los Alpes se elevan sobre el manto de nubes y se adueñan del cielo, como si despreciaran a los que habitualmente nos arrastramos por la tierra, bajo las nubes, y miramos hacia lo alto con reverencia y temor. Allí, en el avión, comiendo patatas fritas y mirando desde arriba a aquellas moles de un gris metálico, atemporal, uno se siente como un intruso que ha violado la intimidad de una reunión muy seria de gigantes. Como un espía. Un espía, todo sea dicho, bastante ridículo e insignificante. Dan ganas de aterrizar de una vez, pero no sólo por llegar y comprobar si te han vuelto a perder las maletas, sino también por volver al lugar que te corresponde. A mirarlas desde abajo.

A la mañana siguiente amanecí en Chamonix, al este de Francia, en el departamento alpino de la Alta Saboya, cerca del Mont Dolent, donde se unen las fronteras francesa, suiza e italiana. Chamonix es un pueblo situado en un valle rodeado de montañas inmensas, de entre 2.000 y 4.000 metros largos de altura, por el que corre el río Arve. Es un típico pueblo turístico de alta montaña, que se extiende sobre la llanura y las laderas adyacentes, con tiendas de moda y de alquiler de equipo para esquiadores, bares, restaurantes, un par de bellas estatuas de célebres alpinistas, buenas casas y edificios de apartamentos. Pero no debemos engañarnos. Podríamos pensar que el desarrollo turístico moderno pervirtió un lugar hasta hace poco idílico, y no es del todo cierto. La razón de ser de Chamonix es, desde hace siglos, el turismo.

Lo cuenta Robert Macfarlane en Las montañas de la mente, editado por Alba, un libro que explica con rigor y pasión la fascinación del hombre por la montaña. En la segunda mitad del siglo XVIII, las montañas dejaron de verse como lugares sencillamente salvajes a evitar y comenzaron a ejercer una atracción a veces fatal en algunos espíritus inquietos. En ellas se podía experimentar el júbilo y el horror al mismo tiempo. Frente a la belleza clásica, frente a la armonía y la medida, frente a la rutina, ofrecían lo sublime: la tensión, el riesgo, la belleza indómita, el vértigo, la conquista y la posibilidad de acariciar la idea de la Muerte. Y el epicentro de esa nueva pasión fueron los Alpes, y particularmente, el macizo del Mont Blanc. Sus moles de granito, neveros, grietas, agujas y glaciares atrajeron a científicos y a los primeros turistas románticos.

A Chamonix, una aldea de mala muerte cuyos vecinos sufrían no sólo la miseria, sino también enfermedades como el bocio y el cretinismo, fueron llegando viajeros en busca de aventuras, sobre todo ingleses. En 1770 se abrió la primera posada. Los campesinos se convirtieron en guías de montaña. El 7 de agosto de 1786, un local, Jaques Balmat, obtuvo la recompensa ofrecida por Horace Bénédict de Saussure, aristócrata y científico considerado el padre del alpinismo, al ser el primero en alcanzar la cima del Mont Blanc. El Mont Blanc, la perla de los Alpes, era el monte más alto conocido de Europa Occidental, y hoy sigue siéndolo con sus 4.810 metros de altitud. En 1816 se abrió en Lausana (Suiza) el Hotel de l’Union, el primero de lujo. Los turistas compraban miel, fresas, cristales y excursiones. Por Chamonix, en el lado francés, pasaron Rousseau, Byron, Goethe, Chateubriand, Victor Hugo, Alejandro Dumas, Mary Shelley y George Sand, entre otros, y sus testimonios y relatos, recogidos ahora en Perspectivas del Mont Blanc, también editado por Alba, atrajeron a más y más visitantes.

Montañas en el teatro

El riesgo se había convertido en un producto de consumo. Albert Smith, un empresario con dotes de actor, mantuvo en cartel durante más de seis años su espectáculo The ascent of Mont Blanc en un teatro de Piccadilly, Londres. Smith relataba su emocionante ascensión rodeado de atractivas acomodadoras vestidas de aldeanas, un perro San Bernardo, un par de gamuzas y dioramas de la montaña. Durante el espectáculo, Smith ocultaba que para subir necesitó un ejército de guías y unas 80 botellas de alcohol. El propio Charles Dickens fue a verlo, y parece ser que le gustó. El éxito de Smith sirve para hacerse una idea de la fascinación creciente que provocaban los Alpes en el público en general, ávido de nuevas sensaciones. A finales del XIX llegó el esquí, y en 1924 se realizaron los primeros Juegos Olímpicos de Invierno. Chamonix había protagonizado la infancia, la adolescencia y la madurez del montañismo. Aunque la gran mayoría de los turistas que invaden el valle y las montañas lo ignore, es la meca mundial de la montaña. Desde allí partieron hacia las alturas los hombres que idearon un nuevo modo de mirar el paisaje de montaña y una nueva manera de experimentar las alturas. Y esa visión, aun sin saberlo, es la que ahora todos compartimos.

El cielo oculto

Al abrir las cortinas de los ventanales de mi habitación vi el pueblo a mis pies y murallas de roca, hielo y nieve delante, al otro lado del valle. Para ver el cielo hubiera tenido que pegar la nariz al cristal, y como no me gusta particularmente tener la nariz aplastada, me quedé sin verlo. No es normal acercarte a una ventana en alto y no ver el cielo, salvo que estés rodeado de rascacielos, por ejemplo. La sensación de que los Alpes me iban a comer me dejó algo intranquilo, aunque supongo que si viajas por allí, no vale la pena lamentarse: te lo estás buscando. Según mi mapa, enfrente estaba el Aiguille du Midi (la aguja del mediodía), y al fondo y a la derecha, envuelto en bruma, el Mont Blanc. Ya habría tiempo de verlo.

En Chamonix, los deportes rey son el esquí, la escalada y el senderismo, aunque hay tantas especialidades diferentes y el vocabulario es tan farragoso para el lego que prefiero no extenderme, para no tener que pasarme una semana navegando por Internet. Baste saber que si hay algo que se puede hacer en una montaña, ya sea en invierno o en verano, aquí se puede hacer. En cuanto a los esquiadores, pueden disfrutar de las cinco estaciones que salpican el valle. Aquí son igual que en todas partes: hordas centelleantes y coloridas de deportistas que, para colarse, se dan codazos en los remontes con la misma pericia que los primeros clientes de las rebajas. En las calles del pueblo se les suele ver muy apresurados, al borde del sofoco, llevando los esquís y los bastones a cuestas, con ganas de quitarse las botas y los cascos y las gafas y los guantes cuanto antes. Además, se lo pasan en grande y disfrutan especialmente cuando relatan sus caídas. En cuanto a los escaladores, es difícil verlos. Como mucho, son un punto a lo lejos, en un lugar en el que tú no querrías estar. Si no, se hallan en los refugios, comiendo potajes para recuperarse, compartiendo experiencias escalofriantes y echándose cremas en los sabañones.

Los senderistas, ya se sabe, son lo más bajo de la escala social. Abueletes, desclasados, esquiadores artríticos, incapaces varios… Son los patitos feos de la montaña. Sueñan con el momento en el que detienen su marcha, recuperan el aliento, se zampan una chocolatina y exclaman: “¡Qué bonitoooo!”. Yo pertenezco a este último grupo.

Alquilé unas raquetas de plástico, antiestéticas -no recordaban para nada a las de madera de los Madelman de mi infancia, tan clásicas- y me fui con un amigo esquiador lesionado en el hombro a subir el Col de Possettes. El sendero, helado y muy estrecho, ascendía por un bosque de abetos y alerces, entre inmensas rocas de granito. Todavía hoy podemos experimentar algunas de las sensaciones que atraían a los excursionistas de hace un par de siglos. La soledad en medio de un paraje donde el silencio es casi amenazante, la certeza de que allí no eres ni por asomo la medida de las cosas ni del tiempo, el asombro casi infantil que te embarga al caminar por lugares donde la vista se pierde y todo parece inabarcable y misterioso, como si realmente existieran los duendes y los gigantes… Tras más de dos horas de subida, los árboles escaseaban, el paisaje se abrió y, frente a nosotros, entre las montañas, se derramaba el glaciar del Tour. Desde allí tampoco divisaba el Mont Blanc, pero el paisaje era magnífico, y los juegos de luces, casi infinitos. “¡Qué bonitooooo!”. Sacamos nuestras chocolatinas. Abajo centelleaban los tejados de pizarra del pueblo de Le Tour, y por el valle veíamos a los minúsculos esquiadores subiendo por los remontes del área de Balme.

Más adelante caminábamos por el borde de una gran pendiente, y llegó ese momento en el que el camino se bifurca, no sabes cuál es el correcto y te preguntas qué narices haces allí arriba, sin resuello ni chocolatinas ni tabaco, sintiendo cada vez más vértigo, a punto de perderte o resbalar montaña abajo. Un paso en falso y lo mínimo que te puede pasar es que te rompas una pierna o que no puedas volver a sentarte en una semana. Porque aquí las montañas cobran peaje. Risas, las justas. Si ves un helicóptero surcando el cielo, y ves muchos, es poco probable que en su interior viajen algunos privilegiados que van a practicar el último grito, el heliesquí, consistente en que te suelten en algún lugar fuera de las pistas para realizar un descenso exclusivo sobre nieve virgen, sin aglomeraciones. El heliesquí está prohibido en Francia y sólo se puede practicar en las vertientes suiza e italiana de los Alpes. No: lo más probable es que lo que veas sean helicópteros de rescate. Según una estadística no sé hasta qué punto fiable -yo no me fío de casi ninguna-, en el valle de Chamonix muere una persona casi todos los días. Y no es por culpa del tabaco. Pero el momento fatal, ése en el que sientes lo que antes se llamaba sencillamente riesgo y ahora se denomina una descarga de adrenalina, ése que convirtió las montañas en el lugar donde se práctica el montañismo, no duró demasiado. Por suerte o por desgracia, hasta en la alta montaña es raro estar verdaderamente solo. Acabas cruzándote con alguien. Puede ser un corredor, sí, muy serio, con zapatillas, en pantalones cortos y con gorrito. O un esquiador a la antigua con pinta de austriaco. O un senderista acompañado de sus hijos adolescentes y resacosos. Da igual. El caso es que siempre saben más que tú, son menos insensatos y te indican el camino de regreso a la llanura.

Marmotas disecadas

Una excursión en principio más relajada y muy popular consiste en coger el tren cremallera del Montevers, que sube al mirador del mismo nombre. Cuando digo popular me refiero a que el tren no sale hasta que haya al menos un niño de todas y cada una de las nacionalidades del viejo continente. Allí, además de un hotel, hay un pequeño museo en el que puedes ver la fauna local disecada, es decir, las gamuzas, marmotas, zorros, águilas y liebres que jamás vas a ver al natural. Del mirador parte un funicular que baja hacia el Mer de Glace, el mar de hielo, la atracción principal, un lugar mítico. Los glaciares, que antaño se temía iban a asolar el mundo y destrozarlo todo -eran algo así como el peligro amarillo en clave naturaleza-, y que ahora retroceden amedrentados ante nuestro contraataque devastador, siempre han sido muy admirados. Tras el funicular, hay que bajar unos cientos de peldaños para ver una gruta practicada en el hielo cuyo único interés consiste en que las paredes son de hielo. Después hay que subir de vuelta cientos de escalones. Lo aviso por si ustedes, como yo, viajan con niños y no son especialmente masoquistas. Si, de todos modos, son amantes de las vistas amplias y profundas, se puede subir en teleférico, sin escaleras, al Brévent o al Aiguille du Midi. Allí arriba, el panorama se ríe de las fronteras.

La noche antes de partir, al repasar si había hecho los deberes del viaje, caí, lleno de inquietud, en que no sabía si había llegado a ver el Mont Blanc. Desde luego, si lo había visto, fue sin darme cuenta, sin reconocerlo. Lo pensé un rato y acabé por alegrarme. Creo que esconderse tras las nubes es el último truco que le queda al viejo Mont Blanc, tantas veces fotografiado, pisoteado y conquistado, para preservar su intimidad de vez en cuando. Al menos él, un verdadero gigante, sigue siendo capaz de sustraerse a nuestra vista, de jugar al escondite. Así, algunos de nosotros, turistas algo ineptos, no podremos marcar con una crucecita donde dice “Mont Blanc” en la lista de nuestro simpático cuadernillo de “Lugares que no podemos dejar de ver con nuestros propios ojos antes de morir”. Bien por el Mont Blanc, claro que sí.

Fuente

Las montañas, mudos testigos del tiempo

Saturday, January 3rd, 2009
José Luis Díaz Segovia
Cuando el ser humano aparece en el escenario de la vida, las montañas llevan ya millones de años contemplando el paso del tiempo. Inimaginables convulsiones atormentaron nuestro Planeta en su formación, haciendo emerger cordilleras desde el fondo de los océanos, separando o empujando unos continentes contra otros. Una actividad que no cesa. América y Europa, por ejemplo, se alejan poco a poco cada día sin que lo apreciemos. Y la India, que estuvo separada del resto de Asia, sigue desplazándose hacia el norte, provocando que el Himalaya se eleve también varios centímetros al año. Igual sucede con el continente africano, que un día llegará a juntarse con la Península Ibérica. Bajo nuestros pies hay fuerzas colosales que ridiculizan la vanidad humana. Y es que, en plena era de la tecnología, el hombre sigue indefenso ante el poder de la naturaleza. Qué podemos hacer si no para evitar las erupciones volcánicas y los terremotos.
Habrían de pasar miles de años en la evolución de nuestra especie, para que surgieran las primeras preguntas. El hombre trata entonces de encontrar sentido a su existencia, buscar una explicación a los fenómenos que le aterraban o no entendía. Las montañas se convierten en morada de los Dioses, a quienes se atribuye el poder de otorgar o arrebatar los bienes de la vida. Para aplacar su ira, el hombre elabora plegarias y ofrece sacrificios humanos o animales. La mayoría de las religiones o culturas hacen referencia a un cerro o una colina a la que se otorga un carácter sagrado. Las pirámides de Egipto o de América son, en realidad, una representación de la característica forma de la montaña. El Monte Olimpo, el Monte Sinaí, el Monte Ararat, el Fujiyama, el Everest o el mismo promontorio sobre el que Jesucristo fue crucificado son sólo un ejemplo
Durante mucho tiempo el ser humano jamás osó traspasar los límites del mundo prohibido de las cumbres. Sólo los pastores se aventuraban con sus rebaños por las laderas. Fueron ellos los primeros montañeros, al trazar con sabiduría muchas trochas y senderos en la Sierra. Anacoretas, ermitaños y ascetas buscaron parajes recónditos, alejados del mundo, para pasar sus días en chozos y grutas, donde encontrar la iluminación. Las crónicas nos hablan de personajes históricos, como Aníbal, que cruzó los altos collados de los Alpes en su avance hacia Roma. También se cuenta que el Caudillo Almanzor anduvo entre las afiladas cresterías de Gredos, en sus incursiones contra los ejércitos cristianos. Pero las gentes del pasado aún sintieron durante siglos temor y desconocimiento ante los escarpados y abruptos pedregales de los picos. Mitos y leyendas narraban al calor de la lumbre la existencia de hadas y duendes en las alturas, de siniestros seres y monstruos que habitaban en las Lagunas y devoraban a quien se atreviese a penetrar en sus dominios. Una visión ancestral que de hecho pervive hoy en día algunas culturas.
El Renacimiento supone un despertar del interés científico. El hombre comienza a mirar a las montañas con más curiosidad que pavor. Leonardo da Vinci fue uno de los primeros en comprender el dinamismo de la naturaleza, en una época en la que negar la inmutabilidad de la Creación llevó a más de uno a la hoguera.
En los siglos XVII y XVIII la ciencia echa por tierra los viejos y anquilosados esquemas que imperaban todavía en la mentalidad de algunos. La Revolución Industrial implica un auge del comercio y el poder económico de las grandes potencias. En el marco del colonialismo surgen exploradores y aventureros que se desembarcan en territorios desconocidos de África, Asia o América. Las grandes cordilleras son la meta de muchas expediciones, pero los intrépidos viajeros que se adentran en mundo del hielo y los líquenes son aún una minoría, a la que el resto mira con desconfianza o considera como chiflados.
En 1786 la cima del Mont Blanc es hollada por vez primera. Es el nacimiento del alpinismo y el montañismo. Aparecen relatos, estudios y libros, alentando un interés social sin precedentes por estos temas. Así, en pocas décadas, los principales techos de los Alpes han sido ya conquistados. El silencio y la soledad, que desde el comienzo de los tiempos habían sido dueños de estos parajes montanos, es alterado por la presencia humana. En 1950 Mauric Herzog y Louis Lachenal alcanzan las mítica barrera de los 8.000 m. Pero el descenso es terrible y el Annapurna castiga a los montañeros con severidad. Cegados por el sol y ateridos de frío sufren amputaciones en los dedos de sus pies y manos. Es el amargo tributo que las montañas cobran a quienes la desafían. No en vano han sido muchos los que han dejado su vida en el empeño.
La carrera por superar las cumbres más altas del Planeta no había hecho más que empezar, aunque simplemente fuese por izar antes que los demás la bandera de un país. El Everest es por fin conquistado por Edmund Hillary y el sherpa Tensing, en el año 1953. El hombre había alcanzado la última frontera entre la tierra y el cielo.

GREDOS
Para entender la transformación del paisaje abulense hay que retroceder millones de años en el tiempo. Cuesta imaginar una Península Ibérica sumergida bajo el océano, y que más tarde las tierras emergieron sobre las aguas. Surgieron así sistemas montañosos, que más tarde fueron arrasados por la erosión, hasta convertirse en llanuras. Entonces la superficie de las Mesetas estaba basculada al este, por lo que El Duero y el Tajo desembocaban en el primitivo Mediterráneo. Y por tanto, los ríos y arroyos abulenses de aquella época se inclinarían a Levante. Pero hace unos 40 millones de años, otra descomunal actividad orogénica crea los Alpes, Los Pirineos y El Himalaya, y también Gredos. El curso de los cauces fluviales cambia de dirección, tributando a partir de entonces al Atlántico.
La particular orografía abulense fue siempre un condicionante para el asentamiento humano. Las gentes del pasado, salvo excepciones, no debieron sentirse muy atraídas por los rigores climáticos y la elevada altitud de este territorio, que sería más bien un escenario de paso entre las Mesetas. Además, las tierras de Ávila fueron durante siglos un espacio inseguro, donde el pillaje y las escaramuzas guerreras debían quitar las ganas de instalarse a cualquiera. Llevando consigo a su familia y su ganado, algunos pastores se adentrarían en los valles de Gredos, en busca de un lugar tranquilo donde vivir. Esto daría origen a muchos pueblos de la Sierra. Pero la alta montaña permaneció todavía ajena a la actividad humana. La primera toponimia de Gredos aparece en 1517 y a partir de entones este vocablo se hace común entre los habitantes de la zona. El libro de La Montería, atribuido a Alfonso XI, hace referencia expresa a esta Sierra abulense, y en el se cita la abundancia de caza mayor. Se menciona la presencia de venados, pero también del oso, cuya población debió ser estimable. En la puerta de una iglesia de una localidad del Tormes aún puede verse una garra, que según los lugareños pertenecería a unos de los últimos plantígrados que merodeó en estos parajes hasta hace tres o cuatro centurias. Poco tiene que ver no obstante el paisaje actual de Gredos con el de siglos atrás. Entonces había frondosos e impenetrables bosques, como relataban los monjes que en siglo XII se instalaron en Burgohondo. Densas manchas de robledal, castañar o pino silvestre tapizaban las laderas de ambas vertientes de la Sierra. Entre los siglos XVII y XVIII hay una creciente demanda de madera en la Corte. Esto atrae a miles de aserradores gallegos y portugueses, que talan los espléndidos pinares de la cabecera del Tormes, de los cuales sólo nos quedan unas pocas hectáreas en Navarredonda y Hoyos del Espino.
Los helechos y el matorral constituyen ya la última defensa vegetal contra la erosión, y evidencian la degradación del suelo en muchos lugares. En la vertiente sur el exceso de ganado caprino ha impedido que prosperasen los tiernos brotes de los árboles, mientras el hacha y la mecha del pastor se encargaban del resto. Si a esto añadimos la pronunciada inclinación de estas laderas, la pérdida de suelo es más acusada y visible. Hoy las jaras invaden el terreno que otrora ocuparan profundos melojares y castañares, de los que sólo quedan ya ejemplares dispersos y aislados.
En el siglo XIX aparece la primera cartografía de Gredos. Y en 1834 un grupo de paisanos de Oropesa emprenden un viaje hasta el corazón de la Sierra desde la cara sur, contando para ello con la ayuda de caballerías y la colaboración de los cabreros que conocían los senderos. El relato de esta mítica excursión queda reflejada en el libro “Viaje a Laguna Grande por su Polo Austral”. En 1899 Manuel Amezua corona el pico Almanzor. Gredos se pone de moda, y el mismo Rey Alfonso XIII llega a la Sierra en 1905. Alarmado por la escasa población de la cabra montesa, de la que se dice que quedaban contados ejemplares, el monarca dicta unas leyes de protección, gracias a las cuales esta especie se recupera considerablemente. Pío Baroja habla en uno de sus escritos acerca de La Laguna, comentando, en los umbrales del siglo XX, que las gentes de El Tiétar siguen creyendo que en sus aguas se esconden monstruos terribles. Otras ilustres figuras ensalzaron estas montañas, como Unamuno. Goya y Benjamín Palencia pintaron en sus cuadros los colores y la belleza de estos paisajes abulenses.

EL HOMBRE ACTUAL FRENTE A LA MONTAÑA

Las montañas son el último baluarte natural que se resiste a sucumbir frente a la avaricia humana, que parece no tener fin, aunque algunos paisajes serranos ya han sido devorados por el cemento y el hormigón.
Pocos caminos y senderos quedan ya sin haber sido invadidos por el excursionista moderno, para el que la montaña es muchas veces un mero objeto más de consumo. Algo que hay que poseer y conquistar. A veces los senderos son un tropel de individuos que discurren en fila india. Algunos de estos intrépidos seudomontañeros profanan la Sierra con basuras, con motos y vehículos todo terreno, con el aparato de música a todo volumen, o provocan incendios con su negligencia. Y en invierno acuden a la nieve, pertrechados de plásticos, neumáticos, tapas de los contenedores de la basura, etc., que luego dejan esparcidos por doquier. Estas personas son incapaces de comprender la lección de humildad de estos gigantes de la Creación, que empequeñecen nuestra escala del tiempo y la propia figura del hombre.
A la falta de educación y el pésimo comportamiento individual, hay que añadir el boom de la nuevas infraestructuras turísticas, que destrozan el entorno. Urbanizaciones y chalets adosados, con gran impacto visual, utilización de materiales de construcción y colores en las fachadas que rompen la estética de la arquitectura tradicional, torres y tendidos eléctricos que se colocan en los sitios más inoportunos, carreteras, caminos y pistas. Los incendios forestales, que han arrasado miles de hectáreas de arbolado, etc.
Gredos no escapa a estas amenazas de la civilización. Ya a comienzos del siglo XX surgió la peregrina idea de perforar la montaña por la vertiente sur, con el fin de extraer el agua de La Laguna y llevarla hasta la comarca de El Tiétar. Incluso se redactó una propuesta, con planos incluidos que atestiguan semejante despropósito. Más tarde, en los años 70 la movilización social logró detener un ambicioso plan para construir un complejo turístico en la Sierra. Tampoco han faltado intentos, como el de hacer un teleférico hasta la Mira, o proyectos para levantar estaciones de esquí. Y desde hace apenas dos lustros sufre una indiscriminada e incontrolada invasión del ser humano.
En el eterno debate del progreso y la conservación, estos hechos se apartan bastante de la idea del desarrollo sostenible, tan preconizada en los foros internacionales por los expertos. Nadie puede negar una mejora en las condiciones de vida de los habitantes, en aras de una mayor calidad de vida. Pero si persiste esta brutal presión humana, si no se adoptan verdaderas medidas para salvaguardar el frágil equilibrio de las montañas, en poco tiempo Gredos ofrecerá el lamentable aspecto de otras Sierras conocidas.

LAS MONTAÑAS, UN ECOSISTEMA PLETÓRICO

Las montañas constituyen uno de los enclaves ecológicos de mayor importancia. Son reservas biológicas, en las que se despliega una gran variedad de especies, tanto animales como vegetales, algunas de ellas endémicas. No aparecen en otros lugares. Son seres vivos adaptados a las alturas, que quedaron aislados en el territorio de las cumbres después de la última glaciación, hace 10.000 años. En este sentido, Gredos alberga un extraordinario patrimonio natural. Majuelos, olmos y alisos crecen en las zonas más bajas de las laderas. Por encima de los 1.000 m. es más frecuente ver robles, enebros y pinos silvestres. Alrededor de los 2.000 m. los árboles desaparecen. Son los prados alpinos los que reverdecen, junto a brezos y piornos. El enebro rastrero no alcanza porte arbóreo y apenas alcanza unos centímetros del suelo, aferrado a las rocas para soportar el viento y el frío.
Por encima de los 2.500 m. en Gredos predomina la roca, pero también hay pequeños cervunales y cambrionales, además de algunas pequeñas flores que brotan en primavera y verano. Y por supuesto los extraños y vistosos líquenes pegados a las piedras.
En las áreas boscosas de los pisos inferiores habitan multitud de animales, como las aves insectívoras, rapaces y mamíferos predadores. Más arriba, en el reino de las cumbres, las condiciones son más extremas, pero también hay vida. En los cielos sobrevuela el majestuoso buitre leonado, o el buitre negro. El águila real o el imperial. También hay ciervos y corzos en algunas partes de Gredos. Pero el animal más emblemático de estas Sierras es sin duda la Cabra montés, ejemplo de adaptación a la montaña.
Ganar altitud en la montaña equivale a realizar un viaje hacia el norte, en dirección al Ártico. Las variaciones climáticas y de vegetación son en cierto modo las mismas. Un ejemplo es el del abedul, árbol que crece a notable altura en Gredos. Los bosques de abedul circundan prácticamente todo el Hemisferio norte del Planeta. En cuanto a las temperaturas, por cada 1.000 m. que subimos en la montaña, el termómetro desciende por término medio unos 7º. Esta correspondencia de vegetación entre altitud y latitud, no se da sin embargo en lo que a irradiación solar se refiere. En la montaña la incidencia del sol es mayor que a nivel del mar, y superior a la que hay en los Polos, pues su intensidad desciende a partir del Ecuador.
Otro factor a tener en cuenta es las lluvias y la nieve, más intensas en las montañas, igual que ocurre cuanto más al norte en el Planeta. Y es que las nubes se detienen en las altas laderas, el vapor se condensa y el agua descarga con fuerza. Es el llamado efecto “foehn”, bien visible en la vertiente sur de Gredos, cuando las borrascas procedentes del Atlántico quedan atrapadas en la gran muralla pétrea de la Sierra. Eso hace que las precipitaciones sean especialmente abundantes en la comarca de El Tiétar, más que en la otra vertiente, en la que sin embargo la acumulación de nieve es mayor debido a la orientación norte.
Las montañas son como gigantescas esponjas, que absorben la lluvia y el deshielo de la nieve, alimentando los innumerables manantiales y gargantas que bajan desde la Sierra a los valles, regando los campos, las huertas, los árboles. Otorgando en definitiva la vida.