Posts Tagged ‘Everest’

El amor se me da fatal

Tuesday, March 31st, 2009

Edurne Pasaban. Nació en Tolosa el 1 de agosto de 1973. Licenciada en Ingeniería Técnica Industrial, regenta un agroturismo en Zizurkil, tiene un máster de Negocios y estudia coaching. En 2001 coronó el Everest, al que siguieron otras diez cimas por encima de los 8.000 metros. Con 11 ‘ochomiles’, pelea con una austríaca y una italiana por convertirse en la primer mujer que doblega las 14 montañas más altas. Hoy parte hacia el Kanchenjunga.

http://www.elpais.com/fotos/personas/ign/60/151_6028.jpg

Edurne Pasaban

Edurne Pasaban, cumbre en el Manaslu (8.163 m)
Edurne Pasaban, cumbre en el Manaslu (8.163 m)Ferrán Latorre, Edurne Pasaban y Asier Izaguirre en la cima del Manaslu (8.163 m, Nepal)

En el horizonte de Edurne Pasaban (Tolosa, 1975) asoma el Kanchenjunga. Es la tercera montaña más alta del mundo tras el Everest, el primer ochomil que holló, y el K-2, donde le acarició la muerte, vivencia que cada día le recuerdan sus dos falanges ausentes, una en cada pie. Lejana queda en el tiempo la depresión que le alejó de las montañas y de la felicidad. La alpinista guipuzcoana parte hoy hacia Nepal, donde lanzará el sprint final de su colosal desafío, convertirse en la primera mujer que corona las 14 cimas más altas del planeta. Ya suma once. “La presión es cada vez mayor, pero no dudaré en darme la vuelta”, afirma, y su voz suena firme al otro lado del teléfono.

Pregunta. ¿Cómo ha enfocado la preparación?

Respuesta. En el CAR de Sant Cugat, con un entrenador personal. Ha sido duro. Por las mañanas hacemos mucho volumen, salimos en bicicleta de montaña y de carretera, trabajando el aeróbico, la resistencia. Por la tarde nos metemos en el gimnasio.

P. La montaña absorbe todo su tiempo.

R. Vivo de ella, y vivo bien, pero intento hacer más cosas. Estoy sacando el título de coacher. Imparto conferencias en empresas sobre liderazgo y motivación. Vine a Barcelona por amor, pero cuando acabó me quedé por el trabajo y el entrenamiento.

P. ¿Qué añora de Euskadi?

R. El ambientillo: las cenas con los amigos y salir a potear.

P. ¿Qué tiene de especial el Kanchenjunga?

R. Es una montaña alta. No es lo mismo una montaña de 8.586 metros que otra de 8.000 pelados. El día de cumbre estaremos mucho tiempo por encima de los 8.000, y eso se nota mucho. Nos costará. De las tres ascensiones que me quedan, es la segunda en dificultad, tras el Annapurna.

P. ¿Cómo planean la escalada?

R. Seremos seis en el equipo de Al Filo de lo Imposible: Asier Izagirre, Álex Chicón, Juanito Oiarzabal, Ferrán Latorre, Jorge Egotxeaga y yo. Tras equipar los tres campos, en la segunda semana de mayo pensaremos en hacer cumbre. Pero hay problemas con los maoístas en Nepal, y una expedición al Kanchenjunga se ha tenido que dar la vuelta.

P. ¿Cuál es su plan para completar los 14 ochomiles?

R. Si todo va bien, en otoño iré al Shisha Pangma. Y el Annapurna lo asaltaríamos en la primavera de 2010.

P. ¿Y los de sus rivales?

R. Gerlinde [Kaltenbrunner, Austria] va ahora al Lhotse, en otoño al K-2 y al Everest en 2010. Nives [Meori, Italia] iba al Kanchenjunga, pero es su expedición la que ha tenido problemas.

P. ¿Quién lo tiene peor?

R. Ufff. A Gerlinde le queda el K-2, que es brutal, pero el Everest y el Lhotse son asequibles. A Nives y a mí nos quedan el Kanchenjunga, que es gordo, y el Annapurna, muy peligroso. Será clave lo que pase esta primavera.

P. ¿Las considera rivales?

R. Para nada. Gerlinde es una muy buena amiga. Con Nives tengo menos relación.

P. ¿No ser la primera sería una decepción?

R. No. Me daría pena, pero los 14 me los quedaría para mí. Las personas no cambian por ser primeras o segundas.

P. ¿Cómo conjuga el espíritu libertario de la montaña con su afán de ser la primera?

R. Lo de ser la primera con 14 ochomiles es puro marketing. Para poder practicar y vivir de este deporte tan caro yo necesito vender a mis patrocinadores un proyecto que, más que un reto personal, tenga interés para el gran público, como los 14 ochomiles. También hay un componente de ambición personal, porque quien diga que en la montaña no hay competición… Por muy purista que uno sea, siempre se establece una competición consigo mismo.

P. Cuanto más se acerca la meta, mayor es la posibilidad de cometer errores.

R. Por eso no me puedo obcecar con lo de ser la primera. Siento que la presión es cada vez mayor a todos los niveles. A veces sientes que no vas a ser capaz de darte la vuelta con tanta gente pendiente de ti, pero no: por encima de hacer cumbre, cuando escalo lo que más deseo es volver a casa. No dudaré en darme la vuelta, sea el 12º o el 14º ochomil. El año pasado lo hice en el Shisha Pangma porque no lo veía claro.

P. Rondó la muerte en el K-2.

R. Sí, estuvo cerca. La bajada fue complicada.

P. ¿Qué sintió?

R. Sólo piensas en salir. Te brota una fuerza interior desconocida que te empuja hacia abajo, supongo que es el instinto de supervivencia. A lo de la muerte no le doy muchas vueltas. Me volvería loca si todo el día pensara que me voy al Kanchenjunga y que me puedo quedar allí. Cuando más pienso es el fin de semana previo a la salida. Entonces piensas: “Joder, igual es la última vez que estoy con mis padres”. En los aeropuertos lo paso fatal. Me gustan las despedidas rápidas, agur y agur. Poco lloro.

P. ¿Está la muerte en el origen de su depresión?

R. No, más bien la decisión de qué hacer con tu vida. La profesionalidad en la montaña me pilló con treinta y pico años, y dudé si merecía la pena tanto sacrificio. Dudaba entre la montaña y mi trabajo como ingeniero. Mi vida es inestable, y aquel desequilibrio me derribó. Caí en un agujero del que sólo salí con tiempo, a base de creer en lo que hago. Soy muy débil por dentro. Por lo que hago en la montaña parece que tengo que ser fortísima, pero no.

P. ¿Qué queda de aquella chica que con 16 años escaló el Mont Blanc?

R. La ilusión. Este fin de semana me fui por ahí con la autocaravana, y en el súper de Tolosa, comprando la misma comida de entonces, me di cuenta de que mi ilusión es la misma.

P. Los puristas dicen que sus escaladas no tienen mérito, que no es usted innovadora, que más que subir a las cimas la suben sus compañeros de cordada.

R. No me afecta. Nunca vas a hacer las cosas al gusto de todos, ni lo pretendo. Yo no engaño a nadie. Cuando dije que iba a coronar los 14 ochomiles, nunca dije que abriría rutas nuevas. Yo asumo que mi nivel no da para innovaciones. Cuando una persona sale en los medios, es normal que surjan las críticas. De todos los hombres que han hollado los 14 ochomiles, sólo cuatro fueron innovadores. Pero, claro, eres una mujer, eres mediática…

P. ¿Impera la envidia en el mundo de la montaña?

R. Antes todo era más hippy. En los medios sólo aparecíamos cuando había accidentes, y nos quejábamos. Para vivir de esto, necesitas vender proyectos atractivos. Hay en este país alpinistas que hacen cosas mucho más extremas que yo y no los conoce nadie porque no son mediáticos, y cuando logras ser mediático te critican los puristas, pero si te mantienes purista no hay quien compre tus proyectos. Es de locos.

P. Tras completar los 14 ochomiles quiere coronar de nuevo el Everest, pero esta vez sin oxígeno. ¿Tiene algo que demostrar?

R. No. El Everest fue mi primera montaña y no me conocía tanto como ahora, ni sabía cómo funcionaba en los ochomiles. Todas las demás montañas las he subido sin oxígeno. Lo haría por mí.

P. Alpinista de éxito, ingeniero técnico industrial, restauradora de éxito en su agroturismo de Zizurkil, máster en Management… ¿Ha fracasado en algo en la vida?

R. Sí. El amor se me da fatal.

P. ¿Qué le gustaría ser o hacer que ni puede ser ni puede hacer?

R. Ser madre. La maternidad fue uno de los factores que me llevaron a la depresión. Cada cosa hay que hacerla en su momento, y éste es el momento de los ochomiles. Cuando los acabe, iremos a por la maternidad.

P. ¿Y si su hija le dice que se va al Himalaya?

R. Si le gusta esto, le ayudaré encantada.

Fuente

Senderismo por el Techo del Mundo

Wednesday, March 18th, 2009

http://www.hola.com/imagenes/2009/03/17/nepal-1a.jpg

Un grupo de senderistas caminando con el imponente Everest al fondo.

http://www.hola.com/imagenes/2009/03/17/nepal-2a.jpg

Una de las estampas más típicas de Nepal: sus terrazas de arroz.

http://www.hola.com/imagenes/2009/03/17/nepal-4a.jpg

La plaza de Durbar, en la localidad de Patan, se convierte en mercado al aire libre.

Hablar de montañismo es hablar de Nepal, cuya geografía encierra ocho de los catorce picos más altos del mundo. Es un territorio de grandes proezas, pero muchas de sus rutas están abiertas a viajeros que sólo anhelan caminar por el conocido como Techo del Mundo.

De los catorce picos por encima de los 8.000 metros que adornan la faz de la Tierra, ocho se encuentran dentro de las fronteras de Nepal, un país encajonado en la cordillera del Himalaya en el que las montañas se consideran sagradas y que, con toda justicia, es conocido como el Techo del Mundo. Sus cimas y nieves eternas son su mejor carta de presentación, aunque Nepal también atesora una inmensa cultura en sus ciudades y en los monasterios hinduistas y las estupas budistas que salpican muchos de los poblados que se atraviesan durante las rutas a pie más habituales. Igualmente, su gran diversidad de paisajes va engarzando, hasta llegar a los de alta montaña, escenarios de jungla donde todavía habitan rinocerontes y tigres, hondonadas jalonadas por caudalosísimos ríos por los que practicar rafting y bosques de rododendros, arrozales dispuestos en terrazas o bucólicos valles en los que moran distintos grupos étnicos muy apegados todavía hoy a sus costumbres.

El Everest, con sus 8.848 metros y el honor de ser la cumbre más alta del planeta, suena en el imaginario colectivo como el objetivo a abordar cuando se trata de culminar una experiencia única, aunque sería un error reducir la grandiosidad de todos estos paisajes a una mera cifra, o un récord, porque cualquiera de las rutas que pueden emprenderse por estas geografías merecen paladearse con emoción y respeto. Cada uno, además, habrá de elegirse en función de la forma física de cada cual y de sus prioridades viajeras, porque dentro de este territorio de superlativos hay espacio e infraestructura de sobra para emprender una ruta de gran dificultad y altitud de hasta más de un mes de duración, pero también con acercamientos menos ambiciosos a las montañas más poderosas de la Tierra, aptos para personas que no hayan hecho antes senderismo y que cuenten con una buena forma física razonable. Y, entre ambos extremos, se dan mil y una posibilidades de itinerarios y formas de abordar el recorrido de esta región.

Alcanzar el Anapurna
Llegar hasta la cima del Everest sí es una experiencia reservada para deportistas de altura, aunque arrimarse hasta su campamento base constituye uno de los senderismos más solicitados por estas latitudes. Desde la segunda ciudad del país, Pokhara, arrancan los itinerarios que le siguen en popularidad y que se fijan como objetivo el macizo del Anapurna, con caminatas de muy diversa duración para rodear algunas de sus montañas. En estas dos zonas principales abundan los lodges y casas de té en los que se puede hacer noche, que van siendo más escasos en zonas más remotas por las que emprender una ruta a pie, como Manaslu, Kanchenjunga, Humla, Dolpo o el reino de Mustang.

Fuente

La Dama de las Nieves y otros tipos insólitos

Saturday, December 27th, 2008

En los pedregales ensangrentados de Afganistán, en la cumbre del Everest o en las selvas remotas, los libros de viajes relatan retos impensables. En ellos hay algo místico: los viajeros son espíritus desnudos que se funden con el todo

Rory Stewart es un escritor escocés de 35 años. Antes era diplomático, y en los noventa fue tutor estival de los príncipes británicos Guillermo y Harry, un empleo ciertamente curioso si tenemos en cuenta que Stewart parece ser un chiflado monumental. En 2001, recién caído el Gobierno talibán, decidió atravesar a pie Afganistán, una de las caminatas más peligrosas y más inútiles que podían hacerse a la sazón en el mundo. La pregunta del millón es, ¿por qué un individuo decide acometer de pronto algo semejante, sin que nada ni nadie le fuerce a meterse en ese embrollo? En el prefacio del libro que escribió después sobre el asunto (La huella de Babur), el propio Stewart dice: “No sé bien cómo explicar por qué caminé a través de Afganistán. Quizá lo hice porque era una aventura”.

Me encantan los libros de viajes, y sobre todo aquellos que relatan viajes dificilísimos, retos impensables que el viajero cumple contra todo pronóstico y que en definitiva siempre son un desafío personal, un trayecto interior. En los pedregales ensangrentados de Afganistán, en la cumbre del Everest o en las selvas remotas, el viajero extremo fuerza los límites de la resistencia física y psíquica. Esta locura genial, el afán de lograr lo imposible, forma parte sustancial del ser humano y ha sido el motor de las grandes exploraciones geográficas, de los récords gimnásticos, de la llegada a la Luna. Tal vez sea una manera más de luchar contra la muerte; puede que, al doblegar el cuerpo y el espíritu, sólo se esté buscando conquistar una momentánea eternidad.

El libro de Stewart es curioso, posee una atractiva candidez y está muy bien, pero hoy quería hablar de otros dos relatos-aventura que me interesan aún más. El primero es un completo clásico, quizá el libro de este tipo que más me ha gustado en toda mi vida: El peor viaje del mundo, de Cherry-Garrard, un inglés que formó parte de la trágica expedición de Scott a la Antártida y que narra justamente los tres interminables años (1910-1913) que duró aquella pesadilla. Scott quería ser el primer hombre en llegar al Polo Sur, por entonces aún no hollado, y después de múltiples penalidades consiguió en efecto alcanzar el Polo, sólo para descubrir que había llegado dos semanas tarde: ya había pasado por allí el noruego Amundsen. Entonces Scott y los cuatro compañeros que le habían acompañado en este tramo final emprendieron el regreso al campamento base, pero murieron por el camino tras espantosos sufrimientos.

Fue un martirio que quedó meticulosamente registrado en el famoso diario de Scott, recuperado luego. La agonía se prolongó durante largos meses, con temperaturas entre los cuarenta y los cincuenta grados bajo cero. Se hundían en las grietas, se quedaban ciegos por el resplandor de la nieve, estaban siempre ateridos, mojados, extenuados, muertos de hambre. Tenían el cuerpo ulcerado, las extremidades se les helaban y deshelaban, las uñas de los pies se caían, los dedos se gangrenaban, perdían los dientes por el escorbuto, se les deshacía la punta de la nariz al congelarse. Todos estos procesos físicos son atrozmente dolorosos y los expedicionarios los soportaron sin quejarse, sin detenerse, siguiendo adelante cada día, arrastrando los pesados trineos por el hielo, muriendo de pie. Scott fue el que más aguantó. Sin combustible y sin comida, tras haber visto fallecer a sus compañeros, hizo la última anotación en su diario: “Hemos corrido riesgos; sabíamos que los corríamos. Las cosas se nos han puesto en contra y, por lo tanto, no tenemos motivos para quejarnos”. Una frase estoica que resume la filosofía de este tipo de aventureros existenciales: para hacerte totalmente cargo de tu vida, tienes que hacerte también cargo de tu muerte.

He estado recordando el libro de Cherry-Garrard estos días porque ahora mismo hay una española intentando alcanzar el Polo Sur en una expedición en solitario. Se trata de la viguesa Chus Lago, de 44 años, y en total recorrerá unos 1.200 kilómetros. Emprendió el viaje el 11 de noviembre y, si todo sigue bien (por razones de imprenta escribo este artículo una semana antes de que se publique), en la primera semana de enero estará a punto de terminar su proeza. Como Scott, arrastra un trineo de 130 kilos de peso y está sometida a temperaturas de 50º bajo cero (ya ha tenido que sobrevivir a una pavorosa tormenta de viento). Además Chus está sola, y esa enorme soledad, blanca y enloquecedora, es el mayor reto de este viaje. Aunque, gracias a las nuevas tecnologías, y siempre que las baterías no fallen, puede mantener un tenue vínculo: ayudada en España por su prima Ana, está haciendo un blog desde la Antártida, http://chuslago.com/blog. Una inusual ventana en directo a los helados confines.

Chus Lago es una alpinista de élite: en 1999 se convirtió en la tercera mujer del mundo en subir al Everest sin oxígeno (y en la única que quedaba viva: las otras dos murieron en las montañas). Y además escribe muy bien, con un estilo poderoso y original lleno de vigorosas imágenes, como cuando dice que los escaladores, vistos de lejos, son como pequeñas “i” minúsculas en mitad de las laderas resplandecientes. En su libro Una mujer en la cumbre, que recoge varias de sus expediciones a las cimas más altas de la Tierra, habla de las dificultades añadidas que las mujeres encuentran en el alpinismo, de los delirios que provocan la soledad y la falta de oxígeno, de los peligros corridos, de la belleza y la poesía de la vida cuando la muerte acecha. En todos estos viajeros de alto riesgo hay algo místico: son espíritus desnudos que se funden con el todo. Una mujer en la cumbre es un libro que se lee con la misma pasión con que está escrito. Y más aún sabiendo que la autora está ahora mismo allí abajo, en el extremo de todo y de sí misma, Dama de las Nieves, transgresora de límites, otra chiflada maravillosa en el camino interminable de la aventura.

Fuente

La montaña del desafío aguarda

Sunday, August 10th, 2008
Abrir una vía es lo máximo en escalada. Significa que nadie antes ha subido por allí y regala al aperturista una dosis de aventura de las que cada vez escasean más en el mundo. La dificultad técnica en estos casos pasa a un segundo plano teniendo en cuenta que el escalador no sabe qué encontrará en el trayecto, el cual sólo ha podido dibujar con el dedo desde lejos para examinarlo después con unos prismáticos y cierta intuición. En esos momentos previos a la ascensión hay escaladores que ya llegan a emocionarse con la belleza de la vía que intentarán hacer suya y no es difícil que esa atracción se convierta en una obsesión que sólo se apaga cuando coronan esa cumbre y descienden con éxito.
Durante una apertura, si hay desprendimiento de rocas, grietas en glaciares helados o tramos verticales insuperables con los recursos que caben en una mochila es algo que el alpinista averiguará en pleno esfuerzo. Si consigue hacer cima y descender para contarlo, pasará a formar parte de la historia de esa montaña y del alpinismo en general, ya sea a nivel local o internacional según la magnitud del reto. A veces lo más aconsejable es la retirada, pero en el refugio o localidad más cercana dejará testimonio de su intento.
Primera ascensión en 1954
Eso fue lo que hicieron en 1949 y en 1952 dos expediciones de exploradores británicos ante el Cho Oyu. Primero se aproximaron a su base para estudiar aquella inmensa mole de roca y nieve.
En el Himalaya cada pico tiene su historia y los tibetanos honran a diario con oraciones a las montañas que les protegen. Las escalan casi pidiendo disculpas pues creen que allí está la morada de los dioses. El Cho Oyu significa ‘Diosa turquesa’ en tibetano y tiene que ver con el color que adquiere al atardecer. Su cima fue alcanzada por primera vez el 19 de octubre de 1954 por una expedición austríaca compuesta por Sepp Jöchler y Herbert Tichy con la ayuda del sherpa Pasang Dawa Lama, que escalaron esta montaña por su vertiente oeste. Desde entonces se han abierto itinerarios variados en sus distintas caras o se ha aumentado la dificultad ascendiendo en solitario, más rápido o de la manera más autónoma posible.
La primera bandera española que ondeó en este ochomil la pusieron un 20 de septiembre de 1984 Antonio Llasera y Carles Vallés. Ese mismo año se producía la primera cumbre femenina en el Cho Oyu. Pasaron cinco años hasta que un 19 de septiembre de 1989 dos españolas, Magda Nos y Mónica Vergé, consiguieran esta cima.
El arquitecto Santiago Martín Corrales, afincado en Badajoz, subió al Cho Oyu el año pasado y en una entrevista publicada en este diario explicaba que lo más duro de esta montaña es el viento. «En el campamento base estábamos a unos 15 bajo cero y arriba a 30 o más bajo cero. Pero lo peor no son los grados, sino el viento y la sensación de frío. Cuando subimos bajaba gente con congelaciones serias, hablaban no de amputar pero sí tendrán que quitarle algo de carne. Los médicos lo llaman ‘raspar’», declaró a su vuelta sobre una montaña en la que mueren dos de cada cien alpinistas que la intentan, por suerte uno de los índices más bajos de los catorce ochomiles.
Fuente:
http://www.hoy.es