Las montañas, mudos testigos del tiempo
Saturday, January 3rd, 2009
Habrían de pasar miles de años en la evolución de nuestra especie, para que surgieran las primeras preguntas. El hombre trata entonces de encontrar sentido a su existencia, buscar una explicación a los fenómenos que le aterraban o no entendía. Las montañas se convierten en morada de los Dioses, a quienes se atribuye el poder de otorgar o arrebatar los bienes de la vida. Para aplacar su ira, el hombre elabora plegarias y ofrece sacrificios humanos o animales. La mayoría de las religiones o culturas hacen referencia a un cerro o una colina a la que se otorga un carácter sagrado. Las pirámides de Egipto o de América son, en realidad, una representación de la característica forma de la montaña. El Monte Olimpo, el Monte Sinaí, el Monte Ararat, el Fujiyama, el Everest o el mismo promontorio sobre el que Jesucristo fue crucificado son sólo un ejemplo
Durante mucho tiempo el ser humano jamás osó traspasar los límites del mundo prohibido de las cumbres. Sólo los pastores se aventuraban con sus rebaños por las laderas. Fueron ellos los primeros montañeros, al trazar con sabiduría muchas trochas y senderos en la Sierra. Anacoretas, ermitaños y ascetas buscaron parajes recónditos, alejados del mundo, para pasar sus días en chozos y grutas, donde encontrar la iluminación. Las crónicas nos hablan de personajes históricos, como Aníbal, que cruzó los altos collados de los Alpes en su avance hacia Roma. También se cuenta que el Caudillo Almanzor anduvo entre las afiladas cresterías de Gredos, en sus incursiones contra los ejércitos cristianos. Pero las gentes del pasado aún sintieron durante siglos temor y desconocimiento ante los escarpados y abruptos pedregales de los picos. Mitos y leyendas narraban al calor de la lumbre la existencia de hadas y duendes en las alturas, de siniestros seres y monstruos que habitaban en las Lagunas y devoraban a quien se atreviese a penetrar en sus dominios. Una visión ancestral que de hecho pervive hoy en día algunas culturas.
El Renacimiento supone un despertar del interés científico. El hombre comienza a mirar a las montañas con más curiosidad que pavor. Leonardo da Vinci fue uno de los primeros en comprender el dinamismo de la naturaleza, en una época en la que negar la inmutabilidad de la Creación llevó a más de uno a la hoguera.
En los siglos XVII y XVIII la ciencia echa por tierra los viejos y anquilosados esquemas que imperaban todavía en la mentalidad de algunos. La Revolución Industrial implica un auge del comercio y el poder económico de las grandes potencias. En el marco del colonialismo surgen exploradores y aventureros que se desembarcan en territorios desconocidos de África, Asia o América. Las grandes cordilleras son la meta de muchas expediciones, pero los intrépidos viajeros que se adentran en mundo del hielo y los líquenes son aún una minoría, a la que el resto mira con desconfianza o considera como chiflados.
En 1786 la cima del Mont Blanc es hollada por vez primera. Es el nacimiento del alpinismo y el montañismo. Aparecen relatos, estudios y libros, alentando un interés social sin precedentes por estos temas. Así, en pocas décadas, los principales techos de los Alpes han sido ya conquistados. El silencio y la soledad, que desde el comienzo de los tiempos habían sido dueños de estos parajes montanos, es alterado por la presencia humana. En 1950 Mauric Herzog y Louis Lachenal alcanzan las mítica barrera de los 8.000 m. Pero el descenso es terrible y el Annapurna castiga a los montañeros con severidad. Cegados por el sol y ateridos de frío sufren amputaciones en los dedos de sus pies y manos. Es el amargo tributo que las montañas cobran a quienes la desafían. No en vano han sido muchos los que han dejado su vida en el empeño.
La carrera por superar las cumbres más altas del Planeta no había hecho más que empezar, aunque simplemente fuese por izar antes que los demás la bandera de un país. El Everest es por fin conquistado por Edmund Hillary y el sherpa Tensing, en el año 1953. El hombre había alcanzado la última frontera entre la tierra y el cielo.
GREDOS
Para entender la transformación del paisaje abulense hay que retroceder millones de años en el tiempo. Cuesta imaginar una Península Ibérica sumergida bajo el océano, y que más tarde las tierras emergieron sobre las aguas. Surgieron así sistemas montañosos, que más tarde fueron arrasados por la erosión, hasta convertirse en llanuras. Entonces la superficie de las Mesetas estaba basculada al este, por lo que El Duero y el Tajo desembocaban en el primitivo Mediterráneo. Y por tanto, los ríos y arroyos abulenses de aquella época se inclinarían a Levante. Pero hace unos 40 millones de años, otra descomunal actividad orogénica crea los Alpes, Los Pirineos y El Himalaya, y también Gredos. El curso de los cauces fluviales cambia de dirección, tributando a partir de entonces al Atlántico.
La particular orografía abulense fue siempre un condicionante para el asentamiento humano. Las gentes del pasado, salvo excepciones, no debieron sentirse muy atraídas por los rigores climáticos y la elevada altitud de este territorio, que sería más bien un escenario de paso entre las Mesetas. Además, las tierras de Ávila fueron durante siglos un espacio inseguro, donde el pillaje y las escaramuzas guerreras debían quitar las ganas de instalarse a cualquiera. Llevando consigo a su familia y su ganado, algunos pastores se adentrarían en los valles de Gredos, en busca de un lugar tranquilo donde vivir. Esto daría origen a muchos pueblos de la Sierra. Pero la alta montaña permaneció todavía ajena a la actividad humana. La primera toponimia de Gredos aparece en 1517 y a partir de entones este vocablo se hace común entre los habitantes de la zona. El libro de La Montería, atribuido a Alfonso XI, hace referencia expresa a esta Sierra abulense, y en el se cita la abundancia de caza mayor. Se menciona la presencia de venados, pero también del oso, cuya población debió ser estimable. En la puerta de una iglesia de una localidad del Tormes aún puede verse una garra, que según los lugareños pertenecería a unos de los últimos plantígrados que merodeó en estos parajes hasta hace tres o cuatro centurias. Poco tiene que ver no obstante el paisaje actual de Gredos con el de siglos atrás. Entonces había frondosos e impenetrables bosques, como relataban los monjes que en siglo XII se instalaron en Burgohondo. Densas manchas de robledal, castañar o pino silvestre tapizaban las laderas de ambas vertientes de la Sierra. Entre los siglos XVII y XVIII hay una creciente demanda de madera en la Corte. Esto atrae a miles de aserradores gallegos y portugueses, que talan los espléndidos pinares de la cabecera del Tormes, de los cuales sólo nos quedan unas pocas hectáreas en Navarredonda y Hoyos del Espino.
Los helechos y el matorral constituyen ya la última defensa vegetal contra la erosión, y evidencian la degradación del suelo en muchos lugares. En la vertiente sur el exceso de ganado caprino ha impedido que prosperasen los tiernos brotes de los árboles, mientras el hacha y la mecha del pastor se encargaban del resto. Si a esto añadimos la pronunciada inclinación de estas laderas, la pérdida de suelo es más acusada y visible. Hoy las jaras invaden el terreno que otrora ocuparan profundos melojares y castañares, de los que sólo quedan ya ejemplares dispersos y aislados.
En el siglo XIX aparece la primera cartografía de Gredos. Y en 1834 un grupo de paisanos de Oropesa emprenden un viaje hasta el corazón de la Sierra desde la cara sur, contando para ello con la ayuda de caballerías y la colaboración de los cabreros que conocían los senderos. El relato de esta mítica excursión queda reflejada en el libro “Viaje a Laguna Grande por su Polo Austral”. En 1899 Manuel Amezua corona el pico Almanzor. Gredos se pone de moda, y el mismo Rey Alfonso XIII llega a la Sierra en 1905. Alarmado por la escasa población de la cabra montesa, de la que se dice que quedaban contados ejemplares, el monarca dicta unas leyes de protección, gracias a las cuales esta especie se recupera considerablemente. Pío Baroja habla en uno de sus escritos acerca de La Laguna, comentando, en los umbrales del siglo XX, que las gentes de El Tiétar siguen creyendo que en sus aguas se esconden monstruos terribles. Otras ilustres figuras ensalzaron estas montañas, como Unamuno. Goya y Benjamín Palencia pintaron en sus cuadros los colores y la belleza de estos paisajes abulenses.
EL HOMBRE ACTUAL FRENTE A LA MONTAÑA
Las montañas son el último baluarte natural que se resiste a sucumbir frente a la avaricia humana, que parece no tener fin, aunque algunos paisajes serranos ya han sido devorados por el cemento y el hormigón.
Pocos caminos y senderos quedan ya sin haber sido invadidos por el excursionista moderno, para el que la montaña es muchas veces un mero objeto más de consumo. Algo que hay que poseer y conquistar. A veces los senderos son un tropel de individuos que discurren en fila india. Algunos de estos intrépidos seudomontañeros profanan la Sierra con basuras, con motos y vehículos todo terreno, con el aparato de música a todo volumen, o provocan incendios con su negligencia. Y en invierno acuden a la nieve, pertrechados de plásticos, neumáticos, tapas de los contenedores de la basura, etc., que luego dejan esparcidos por doquier. Estas personas son incapaces de comprender la lección de humildad de estos gigantes de la Creación, que empequeñecen nuestra escala del tiempo y la propia figura del hombre.
A la falta de educación y el pésimo comportamiento individual, hay que añadir el boom de la nuevas infraestructuras turísticas, que destrozan el entorno. Urbanizaciones y chalets adosados, con gran impacto visual, utilización de materiales de construcción y colores en las fachadas que rompen la estética de la arquitectura tradicional, torres y tendidos eléctricos que se colocan en los sitios más inoportunos, carreteras, caminos y pistas. Los incendios forestales, que han arrasado miles de hectáreas de arbolado, etc.
Gredos no escapa a estas amenazas de la civilización. Ya a comienzos del siglo XX surgió la peregrina idea de perforar la montaña por la vertiente sur, con el fin de extraer el agua de La Laguna y llevarla hasta la comarca de El Tiétar. Incluso se redactó una propuesta, con planos incluidos que atestiguan semejante despropósito. Más tarde, en los años 70 la movilización social logró detener un ambicioso plan para construir un complejo turístico en la Sierra. Tampoco han faltado intentos, como el de hacer un teleférico hasta la Mira, o proyectos para levantar estaciones de esquí. Y desde hace apenas dos lustros sufre una indiscriminada e incontrolada invasión del ser humano.
En el eterno debate del progreso y la conservación, estos hechos se apartan bastante de la idea del desarrollo sostenible, tan preconizada en los foros internacionales por los expertos. Nadie puede negar una mejora en las condiciones de vida de los habitantes, en aras de una mayor calidad de vida. Pero si persiste esta brutal presión humana, si no se adoptan verdaderas medidas para salvaguardar el frágil equilibrio de las montañas, en poco tiempo Gredos ofrecerá el lamentable aspecto de otras Sierras conocidas.
LAS MONTAÑAS, UN ECOSISTEMA PLETÓRICO
Las montañas constituyen uno de los enclaves ecológicos de mayor importancia. Son reservas biológicas, en las que se despliega una gran variedad de especies, tanto animales como vegetales, algunas de ellas endémicas. No aparecen en otros lugares. Son seres vivos adaptados a las alturas, que quedaron aislados en el territorio de las cumbres después de la última glaciación, hace 10.000 años. En este sentido, Gredos alberga un extraordinario patrimonio natural. Majuelos, olmos y alisos crecen en las zonas más bajas de las laderas. Por encima de los 1.000 m. es más frecuente ver robles, enebros y pinos silvestres. Alrededor de los 2.000 m. los árboles desaparecen. Son los prados alpinos los que reverdecen, junto a brezos y piornos. El enebro rastrero no alcanza porte arbóreo y apenas alcanza unos centímetros del suelo, aferrado a las rocas para soportar el viento y el frío.
Por encima de los 2.500 m. en Gredos predomina la roca, pero también hay pequeños cervunales y cambrionales, además de algunas pequeñas flores que brotan en primavera y verano. Y por supuesto los extraños y vistosos líquenes pegados a las piedras.
En las áreas boscosas de los pisos inferiores habitan multitud de animales, como las aves insectívoras, rapaces y mamíferos predadores. Más arriba, en el reino de las cumbres, las condiciones son más extremas, pero también hay vida. En los cielos sobrevuela el majestuoso buitre leonado, o el buitre negro. El águila real o el imperial. También hay ciervos y corzos en algunas partes de Gredos. Pero el animal más emblemático de estas Sierras es sin duda la Cabra montés, ejemplo de adaptación a la montaña.
Ganar altitud en la montaña equivale a realizar un viaje hacia el norte, en dirección al Ártico. Las variaciones climáticas y de vegetación son en cierto modo las mismas. Un ejemplo es el del abedul, árbol que crece a notable altura en Gredos. Los bosques de abedul circundan prácticamente todo el Hemisferio norte del Planeta. En cuanto a las temperaturas, por cada 1.000 m. que subimos en la montaña, el termómetro desciende por término medio unos 7º. Esta correspondencia de vegetación entre altitud y latitud, no se da sin embargo en lo que a irradiación solar se refiere. En la montaña la incidencia del sol es mayor que a nivel del mar, y superior a la que hay en los Polos, pues su intensidad desciende a partir del Ecuador.
Otro factor a tener en cuenta es las lluvias y la nieve, más intensas en las montañas, igual que ocurre cuanto más al norte en el Planeta. Y es que las nubes se detienen en las altas laderas, el vapor se condensa y el agua descarga con fuerza. Es el llamado efecto “foehn”, bien visible en la vertiente sur de Gredos, cuando las borrascas procedentes del Atlántico quedan atrapadas en la gran muralla pétrea de la Sierra. Eso hace que las precipitaciones sean especialmente abundantes en la comarca de El Tiétar, más que en la otra vertiente, en la que sin embargo la acumulación de nieve es mayor debido a la orientación norte.
Las montañas son como gigantescas esponjas, que absorben la lluvia y el deshielo de la nieve, alimentando los innumerables manantiales y gargantas que bajan desde la Sierra a los valles, regando los campos, las huertas, los árboles. Otorgando en definitiva la vida.