El Morro la aventura del manglar
El recorrido continúa y luego de cuarenta minutos se ve una isla grande, con una montaña al filo del agua: es Puná y al frente Posorja.

FOTO: MARCOS PIN / El Telégrafo
En el recorrido por la isla Manglecito, en los manglares de Puerto El Morro, los turistas pueden observar a las fragatas, en sus nidos con sus crÃas, a solo centÃmetros.
A empujones el estero se abre paso entre las raÃces del mangle de esa parroquia rural de Guayaquil, rodeada de un verde intenso y ubicada a una hora y media del casco urbano de la ciudad.
Hasta allà decenas de personas llegan a diario para emprender la aventura de internarse en las entrañas del Golfo de Guayaquil, para ver de cerca a los delfines y a las aves que habitan en la zona.
La travesÃa comienza a las 10:00. Un cielo cargado de nubes negras y poco sol parece anunciar que se aproxima un aguacero. Pero a medida que se navega mar afuera, el sol se apodera del paisaje y la amenaza de lluvia se queda atrás.
El verde del mangle toma fuerza y se muestra brillante. El impertinente ruido del motor fuera de borda se interna con los curiosos turistas en el infinito Guayas. Las gaviotas y los pelÃcanos surcan el cielo mientras avanza la nave con los citadinos y junto al rÃo grande se interna en el golfo.
De repente, el dominio de las aves se interrumpe por los juegos y ruidos de los nadadores de plata: tres delfines que se divierten jugueteando con las lanchas que llegan a visitarlos en sus dominios.
Salen por un lado de la lancha, luego se sumergen y de nuevo ven la superficie por donde menos se los espera. Los segundos que tardan en aparecer logran despertar la ansiedad de los turistas, y con un mutuo consentimiento cómplice comienza el juego.
Pero las escondidas solo duran unos minutos porque los nadadores de plata se sumergen luego de atender a sus visitantes.
El recorrido continúa y luego de cuarenta minutos se ve una isla grande, con una montaña al filo del agua: es Puná y al frente Posorja.
La navegación por el golfo prosigue y comienza a surgir la esencia de esta tierra de pescadores. Jorge Leyton, guÃa turÃstico desde hace ocho años y pescador desde siempre, mezcla la información de la diversidad de la flora y fauna con los relatos del manglar.
Las leyendas de peces gigantes, como el mero, que se comen a los pescadores, y de anacondas monstruosas que viven en el mangle para devorar a quienes se caen de las ‘pangas’ (canoas) asombran a los turistas que se sumergen en el realismo mágico de esta tierra.
En el trayecto, decenas de canoas vacÃas permanecen atadas al manglar. Los turistas dudan y no saben si se trata de unas vÃctimas del mero o de las anacondas. Leyton se rÃe y aclara que las canoas son de los cangrejeros.
Una muralla verde interrumpe el paso del rÃo grande. Es la isla Manglecito. Mientras más se acerca la embarcación, mejor se divisa una nube de aves que envuelve a la isla en una vorágine.
Son las 11:00 y la marea está alta. La lancha es atada a una de las raÃces del manglar y comienza el recorrido en tierra firme. Un estrecho tablón, que sirve como puente, es la entrada para internarse en el hábitat de las 6.000 aves que habitan en la isla.
Luego de pasar por dos camaroneras y caminar diez minutos por un estrecho camino de cascajo rodeado por las piscinas, el paisaje toma otro giro.
La vegetación se apodera del camino a ratos y cada vez es más difÃcil internarse en la isla. El remolino de aves está cada vez más cercano, y las fragatas con sus gargantas blancas (hembras) y rojas (machos) se ven más imponentes.
Las gaviotas blancas, negras y de pico rojo (cangrejeras) también son parte del paisaje.
De repente, a solo centÃmetros de los turistas y sin rejas que las alejen, las fragatas protegen a sus crÃas, que lucen un plumaje alborotado y una blancura inmaculada.
Es mediodÃa y las crÃas esperan con sus madres en los nidos que el macho regrese con la comida para los polluelos. AsÃ, se turnan con las hembras para que ellas puedan ir a pescar sus alimentos.
A esa hora, en medio de la isla las aves se ven más cercanas y más grandes. Las fragatas simulan el ruido de un tambor con el choque de sus picos, que se abren y cierran sus alas, mientras los turistas miran asombrados.
A las 13:00 la marea comenzó a bajar, habÃa que seguir la travesÃa hacia la siguiente parada: la isla El Sendero, a solo 20 minutos.
En la isla, un sendero hecho con palos de mangle conduce a un mirador que se levantaba sobre el manglar a 20 metros de altura. Desde ahÃ, un silencio eterno atrapa a los espectadores que enmudecen al ver desde arriba el infinito manglar que acompaña al Guayas en su viaje al mar.
De regreso, el manglar cobra protagonismo y el estero entra por angostos canales, pero sin fuerza. Las gaviotas rosadas surcan el azul intenso, escurridizas a los disparos de los flashes de los turistas.
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