Archive for January, 2009

Rutas De Senderismo Por España

Tuesday, January 20th, 2009

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El alpinismo en la Real Academia de Doctores de España

Tuesday, January 20th, 2009

El salón Marqués de Valdecilla de Madrid será el escenario de una conferencia que otorgará a César Pérez de Tudela el privilegio de ser el primer deportista que lleva su pasión al seno de una Real Academia española



César rodeando una estupa en una de sus expediciones recientes.
Foto: Col. César Pérez de Tudela

La Real Academia de Doctores de España es una corporación de derecho público compuesta por doctores en todos los saberes, ciencias y especialidades. La única Academia interdisciplinar en la que se exige el grado universitario de doctor, además de la debida antigüedad y prestigio para ser admitido. En ella hay teólogos, filósofos, historiadores, filólogos, periodistas, juristas, médicos, científicos experimentales, arquitectos e ingenieros. Es una Academia que pretende la relación de los conocimientos, como quiso intentar la Enciclopedia francesa en el siglo XVIII para alcanzar el complejo saber universal.

El próximo miércoles 21 de enero de 2009, en el salón Marqués de Valdecilla, de la calle Noviciado 3 a las 19,00 horas,  César Pérez de Tudela tratará de contar a sus ilustres compañeros de corporación lo que es el camino de las montañas. Ciertamente es la primera vez que un académico de la Real Academia de Doctores de España propone una conferencia que no sea de un tema científico, pero el conferenciante recuerda que fue el académico y ex ministro de España el doctor Eduardo Aunós, quien presidió la Academia desde 1947 a 1967, el que dijo: “El extraordinario poder de la montaña, el verdaderamente trascendente, está en su poder liberatorio. Es la montaña la morada de la espiritualidad y es en ella en donde encontramos el espejo de nuestra realidad, nuestro yo y nuestra misma esencia”. Desde entonces este alpinista y estudioso de las montañas, decidió que si algún día ingresaba en la exigente Academia , contaría con el mayor rigor que pudiera lograr, cómo el camino de las cimas es también el camino del conocimiento.

Hasta estas fechas ningún deportista ha llevado el deporte al seno de ninguna Real Academia española. “Trataré de hacer historia y de contar lo que decían poetas, filósofos, literatos y místicos sobre las montañas, analizando las grandes experiencias del alpinismo de todos los tiempos. Supongo y deseo saber estar a la altura que requiere la selecta tribuna”, concluye el explorador.

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Arranca la nueva temporada de las rutas de Senderismo de l’Alfàs del Pi con la subida al Puig Campana

Tuesday, January 20th, 2009


Con un apasiónate ascenso al Puig Campana arrancó el pasado domingo el programa de Senderismo de l’Alfàs del Pi, que inicia la segunda parte de su segunda temporada.

A pesar de la dificultad de esta ruta, calificada de nivel alto en cuanto a exigencia deportiva, veinticinco personas lograron coronar la cima de tan significativa montaña de la provincia.

En la cumbre los senderistas unieron a otro grupo de de montañeros que marcha cada domingo “por la paz del mundo” coronando diferentes cimas. Esta práctica deportiva, que cada vez cuenta con más éxito de participación, está organizada por la concejalía de Deportes, delegada en el edil, Juan Carlos Casiano, en colaboración de la Asociación de Nordic Walking de España.

El año pasado se realizaron diez caminatas, con una participación de entre 40 y 70 personas, en cada una. Más de medio centenar de alfasinos pudieron disfrutar descubriendo maravillosos y bellos parajes como los que atesoran: la Font del Partegat, Sierra Bernia y Castell de Castells, entre otros.

El objetivo es animar a los vecinos de l’Alfàs del Pi a salir a caminar y practicar deporte, a la vez que se descubre la naturaleza y se disfruta de una maravillosa jornada de convivencia, que suele finalizar con una gran paella popular al terminar la caminata.

La próxima ruta de senderismo tendrá lugar el próximo día 15 de febrero y trascurrirá por la Sierra de Sella, con dos niveles de dificultad para hacerla asequible a todo tipo de personas.

También se han programado rutas para los días: 19 de abril, 19 de marzo, 10 de mayo y 14 de junio.

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La cara sur del Lhotse, la quinta montaña más alta del mundo (8,516 metros)

Tuesday, January 20th, 2009

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Atlas Marroquí

Sunday, January 18th, 2009

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Ruta de deportes extremos fascinó a asistentes

Sunday, January 18th, 2009

Los participantes en el seminario organizado por la Gerencia Regional del Austro, del Ministerio de Turismo, para difundir y promover las rutas turísticas de la región, quedaron fascinados con la descripción de la ruta de deportes extremos, cumplida ayer por el investigador Pedro Montezuma, en las instalaciones de la Villa San Carlos.

Para la presentación de esta ruta, Montezuma utilizó equipos para la práctica de escalada, andinismo, kayac y otros deportes, lo que llamó la atención especialmente de los jóvenes, estudiantes de carreras como hotelería y turismo o gastronomía de las universidades locales.

Escenarios

Según el investigador, que inventarió los atractivos turísticos para la práctica de deportes extremos, el Azuay posee el 63 por ciento de los destinos que tiene el Austro, y el resto está distribuido entre Cañar y El Oro. Los escenarios naturales existentes en la región tienen los requerimientos para practicar automovilismo modalidad 4×4, escalada, ciclismo de montaña, kayac, raft, senderismo, rappel, puenting y canopy. El canopy es un nuevo producto que se ofertará en los paquetes turísticos, que combina el uso de cables y cuerdas con técnicas de escalada para suspenderse en el aire y desplazarse en silencio, pasando desapercibido por las especies del lugar.

El nivel de dificultad y el atractivo de estos sitios hizo que los seleccionados mundiales de República Checa y España cumplieran sus prácticas en la región, destaca Montezuma, al mencionar que ello es una prueba de la importancia que tiene la ruta turística.

Comunidades

Para el gerente regional del Austro, Juan Salvador Arpi, la participación de un promedio de 100 personas diarias durante los tres días que duró el seminario representa un éxito, porque es la primera vez que se tiene una respuesta cuantitativa y cualitativa por parte de empresarios, estudiantes y operadores turísticos. Con la elaboración de las rutas se busca diversificar la oferta turística del Austro, para volverla más atractiva, de tal forma que se permita impulsar el turismo hacia diversos sitios de la región, siendo otro de los objetivos procurar el beneficio y desarrollo de las comunidades donde se asientan los escenarios naturales y culturales.

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El Puerto de la Ragua, un paraíso nevado

Sunday, January 18th, 2009

Muchos aficionados al esquí y almerienses en general se desplazan al paraje de Sierra Nevada para practicar su deporte favorito

Numerosos amantes del esquí pasan por este puerto cada día de invierno.

Cabalgando entre las provincias de Almería y Granada, se alza, majestuoso, el Puerto de La Ragua, que se sitúa dentro del Parque Nacional de Sierra Nevada. Desde sus 2000 metros de altura, la estación recreativa del Puerto de La Ragua domina arrogante toda la geografía que la circunda. Una delicia para el sentido visual con unas montañas nevadas que forman un paisaje espléndido que se contempla perfectamente desde la A-92.

Esta estación es una de la más desconocidas del parque, pero conserva intacta la esencia de dos comarcas. El Puerto de La Ragua es un paraíso nevado, una maravilla para los amantes de la naturaleza y del esquí. Lejos del bullicio que se respira en las estaciones de esquí alpino, el Puerto de La Ragua, dedicado a actividades deportivas compatibles con el entorno, convive en armonía con el paraje natural que la envuelve.

Además, esta estación recreativa se encuentra dentro de un enclave maravilloso como es el Parque Nacional de Sierra Nevada, el más grande de España que engloba a 15 municipios almerienses y a 29 de la provincia de Granada con la aportación de más de 86.000 habitantes. La Sierra del Sol, como la denominaban en la Edad Media, alberga un rico patrimonio cultural e histórico, que constituye un elemento de identidad para las gentes de estas tierras.

Este año las ansiadas nieves han llegado con antelación. La vegetación de alta montaña se ha vestido de blanco para brindar al visitante unas imágenes de gran belleza, y al deportista una amplia gama de posibilidades de diversión.

La estación es un lugar perfecto para pasar una jornada dominical junto a los amigos. Numerosas familias almerienses se desplazan durante los fines de semana invernales para disfrutar con la nieve. Pequeños y mayores se divierten jugando con bolas de nieve, deslizándose por la pista de trineos, ascendiendo alguna de las cimas circundantes o simplemente dando un paseo para disfrutar del paisaje exótico de estas latitudes.

El Puerto de la Ragua se convierte en una alternativa ideal para disfrutar de la nieve y del entorno privilegiado que supone estar a caballo entre dos comarcas tan pintorescas como El Marquesado del Zenete y La Alpujarra (almeriense y granadina).

Pero la actividad principal que realizan los visitantes en este entorno privilegiado es el esquí. Los aficionados a este deporte pueden practicar tanto el esquí extremo, de travesía y el de fondo. Para este último, hay varios circuitos de diferente longitud, que discurren entre pinares muy desarrollados, a una altitud entre 2000 y 2200 metros. Todos ellos parten del mismo Puerto de la Ragua, donde se cuenta con medios suficientes que permiten mantener los circuitos en las condiciones más idóneas. El Puerto cuenta con seis pistas para practicar este deporte: el circuito de Bayárcal, el de Ferreira, la pista de Laroles, la pista de la Laguna Seca, la pista cara norte del Chullo y la pista al Hornillo.

Además, el Puerto de La Ragua cuenta con gran cantidad de instalaciones para el visitante. Para el alojamiento, dispone de un albergue-refugio con una capacidad de 32 plazas. Asimismo, dispone de circuitos de acondicionamiento físico, circuitos permanentes de orientación, circuitos de habilidad de bicicleta de montaña, una red de senderismo y otra para los amantes del pedal.

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Ludens inicia el domingo la temporada de senderismo por la naturaleza

Sunday, January 18th, 2009

león

El colectivo Ludens inicia el próximo domingo 18 de enero un nuevo programa de viajes con una propuesta que conjuga la fotografía digital y el senderismo.

Bajo la denominación «Fotografía: Paisajes de Invierno», esta primera ruta del trimestre Enero-Marzo, lleva a descubrir el Faedo de Ciñera, nombrado el bosque mejor conservado de España.

Desde Ciñera, pueblo surgido de la minería, se asciende por un camino pegado al arroyo que lleva el mismo nombre. Rodeados por bosques de encinas, robles, sauces, chopos y otras especies de fondo de valle, se descubrirá el valor de la enorme diversidad de hábitats que aquí se encuentra.

A la vez que se asciende, aparecen al paso varias bocaminas de carbón hoy abandonadas, que transportarán a la dura vida de los mineros durante el siglo pasado.

A la sombra de las espectaculares Hoces del Villar, aparece el bosque de hayas «El Faedo», hogar del emblemático Fagus, de unos quinientos años de edad, y de la bruja Haeda es un lugar mágico y encantado, perfecto para relajarse, respirar, y fotografiar.

En esta ocasión el guía será Francisco Domínguez, fotógrafo profesional y especialista en paisaje de montaña. La ruta tiene una distancia de 6 kilómetros y se puede catalogar de dificultad baja según el método Mide.

Para ás información y reservas todas las personas interesadas pueden consultar esta dirección: www.ludensweb.es o bien llamar al teléfono 692 212 546.

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Un tipo corriente al asalto del Mont Blanc

Sunday, January 18th, 2009

Rutas asequibles en torno al pico francés, de 4.810 metros, donde nació el alpinismo

Al mirar por la ventanilla del avión, ya cerca de Ginebra, podemos encontrarnos con un paisaje irreal, inquietante. Las cumbres nevadas de los Alpes se elevan sobre el manto de nubes y se adueñan del cielo, como si despreciaran a los que habitualmente nos arrastramos por la tierra, bajo las nubes, y miramos hacia lo alto con reverencia y temor. Allí, en el avión, comiendo patatas fritas y mirando desde arriba a aquellas moles de un gris metálico, atemporal, uno se siente como un intruso que ha violado la intimidad de una reunión muy seria de gigantes. Como un espía. Un espía, todo sea dicho, bastante ridículo e insignificante. Dan ganas de aterrizar de una vez, pero no sólo por llegar y comprobar si te han vuelto a perder las maletas, sino también por volver al lugar que te corresponde. A mirarlas desde abajo.

A la mañana siguiente amanecí en Chamonix, al este de Francia, en el departamento alpino de la Alta Saboya, cerca del Mont Dolent, donde se unen las fronteras francesa, suiza e italiana. Chamonix es un pueblo situado en un valle rodeado de montañas inmensas, de entre 2.000 y 4.000 metros largos de altura, por el que corre el río Arve. Es un típico pueblo turístico de alta montaña, que se extiende sobre la llanura y las laderas adyacentes, con tiendas de moda y de alquiler de equipo para esquiadores, bares, restaurantes, un par de bellas estatuas de célebres alpinistas, buenas casas y edificios de apartamentos. Pero no debemos engañarnos. Podríamos pensar que el desarrollo turístico moderno pervirtió un lugar hasta hace poco idílico, y no es del todo cierto. La razón de ser de Chamonix es, desde hace siglos, el turismo.

Lo cuenta Robert Macfarlane en Las montañas de la mente, editado por Alba, un libro que explica con rigor y pasión la fascinación del hombre por la montaña. En la segunda mitad del siglo XVIII, las montañas dejaron de verse como lugares sencillamente salvajes a evitar y comenzaron a ejercer una atracción a veces fatal en algunos espíritus inquietos. En ellas se podía experimentar el júbilo y el horror al mismo tiempo. Frente a la belleza clásica, frente a la armonía y la medida, frente a la rutina, ofrecían lo sublime: la tensión, el riesgo, la belleza indómita, el vértigo, la conquista y la posibilidad de acariciar la idea de la Muerte. Y el epicentro de esa nueva pasión fueron los Alpes, y particularmente, el macizo del Mont Blanc. Sus moles de granito, neveros, grietas, agujas y glaciares atrajeron a científicos y a los primeros turistas románticos.

A Chamonix, una aldea de mala muerte cuyos vecinos sufrían no sólo la miseria, sino también enfermedades como el bocio y el cretinismo, fueron llegando viajeros en busca de aventuras, sobre todo ingleses. En 1770 se abrió la primera posada. Los campesinos se convirtieron en guías de montaña. El 7 de agosto de 1786, un local, Jaques Balmat, obtuvo la recompensa ofrecida por Horace Bénédict de Saussure, aristócrata y científico considerado el padre del alpinismo, al ser el primero en alcanzar la cima del Mont Blanc. El Mont Blanc, la perla de los Alpes, era el monte más alto conocido de Europa Occidental, y hoy sigue siéndolo con sus 4.810 metros de altitud. En 1816 se abrió en Lausana (Suiza) el Hotel de l’Union, el primero de lujo. Los turistas compraban miel, fresas, cristales y excursiones. Por Chamonix, en el lado francés, pasaron Rousseau, Byron, Goethe, Chateubriand, Victor Hugo, Alejandro Dumas, Mary Shelley y George Sand, entre otros, y sus testimonios y relatos, recogidos ahora en Perspectivas del Mont Blanc, también editado por Alba, atrajeron a más y más visitantes.

Montañas en el teatro

El riesgo se había convertido en un producto de consumo. Albert Smith, un empresario con dotes de actor, mantuvo en cartel durante más de seis años su espectáculo The ascent of Mont Blanc en un teatro de Piccadilly, Londres. Smith relataba su emocionante ascensión rodeado de atractivas acomodadoras vestidas de aldeanas, un perro San Bernardo, un par de gamuzas y dioramas de la montaña. Durante el espectáculo, Smith ocultaba que para subir necesitó un ejército de guías y unas 80 botellas de alcohol. El propio Charles Dickens fue a verlo, y parece ser que le gustó. El éxito de Smith sirve para hacerse una idea de la fascinación creciente que provocaban los Alpes en el público en general, ávido de nuevas sensaciones. A finales del XIX llegó el esquí, y en 1924 se realizaron los primeros Juegos Olímpicos de Invierno. Chamonix había protagonizado la infancia, la adolescencia y la madurez del montañismo. Aunque la gran mayoría de los turistas que invaden el valle y las montañas lo ignore, es la meca mundial de la montaña. Desde allí partieron hacia las alturas los hombres que idearon un nuevo modo de mirar el paisaje de montaña y una nueva manera de experimentar las alturas. Y esa visión, aun sin saberlo, es la que ahora todos compartimos.

El cielo oculto

Al abrir las cortinas de los ventanales de mi habitación vi el pueblo a mis pies y murallas de roca, hielo y nieve delante, al otro lado del valle. Para ver el cielo hubiera tenido que pegar la nariz al cristal, y como no me gusta particularmente tener la nariz aplastada, me quedé sin verlo. No es normal acercarte a una ventana en alto y no ver el cielo, salvo que estés rodeado de rascacielos, por ejemplo. La sensación de que los Alpes me iban a comer me dejó algo intranquilo, aunque supongo que si viajas por allí, no vale la pena lamentarse: te lo estás buscando. Según mi mapa, enfrente estaba el Aiguille du Midi (la aguja del mediodía), y al fondo y a la derecha, envuelto en bruma, el Mont Blanc. Ya habría tiempo de verlo.

En Chamonix, los deportes rey son el esquí, la escalada y el senderismo, aunque hay tantas especialidades diferentes y el vocabulario es tan farragoso para el lego que prefiero no extenderme, para no tener que pasarme una semana navegando por Internet. Baste saber que si hay algo que se puede hacer en una montaña, ya sea en invierno o en verano, aquí se puede hacer. En cuanto a los esquiadores, pueden disfrutar de las cinco estaciones que salpican el valle. Aquí son igual que en todas partes: hordas centelleantes y coloridas de deportistas que, para colarse, se dan codazos en los remontes con la misma pericia que los primeros clientes de las rebajas. En las calles del pueblo se les suele ver muy apresurados, al borde del sofoco, llevando los esquís y los bastones a cuestas, con ganas de quitarse las botas y los cascos y las gafas y los guantes cuanto antes. Además, se lo pasan en grande y disfrutan especialmente cuando relatan sus caídas. En cuanto a los escaladores, es difícil verlos. Como mucho, son un punto a lo lejos, en un lugar en el que tú no querrías estar. Si no, se hallan en los refugios, comiendo potajes para recuperarse, compartiendo experiencias escalofriantes y echándose cremas en los sabañones.

Los senderistas, ya se sabe, son lo más bajo de la escala social. Abueletes, desclasados, esquiadores artríticos, incapaces varios… Son los patitos feos de la montaña. Sueñan con el momento en el que detienen su marcha, recuperan el aliento, se zampan una chocolatina y exclaman: “¡Qué bonitoooo!”. Yo pertenezco a este último grupo.

Alquilé unas raquetas de plástico, antiestéticas -no recordaban para nada a las de madera de los Madelman de mi infancia, tan clásicas- y me fui con un amigo esquiador lesionado en el hombro a subir el Col de Possettes. El sendero, helado y muy estrecho, ascendía por un bosque de abetos y alerces, entre inmensas rocas de granito. Todavía hoy podemos experimentar algunas de las sensaciones que atraían a los excursionistas de hace un par de siglos. La soledad en medio de un paraje donde el silencio es casi amenazante, la certeza de que allí no eres ni por asomo la medida de las cosas ni del tiempo, el asombro casi infantil que te embarga al caminar por lugares donde la vista se pierde y todo parece inabarcable y misterioso, como si realmente existieran los duendes y los gigantes… Tras más de dos horas de subida, los árboles escaseaban, el paisaje se abrió y, frente a nosotros, entre las montañas, se derramaba el glaciar del Tour. Desde allí tampoco divisaba el Mont Blanc, pero el paisaje era magnífico, y los juegos de luces, casi infinitos. “¡Qué bonitooooo!”. Sacamos nuestras chocolatinas. Abajo centelleaban los tejados de pizarra del pueblo de Le Tour, y por el valle veíamos a los minúsculos esquiadores subiendo por los remontes del área de Balme.

Más adelante caminábamos por el borde de una gran pendiente, y llegó ese momento en el que el camino se bifurca, no sabes cuál es el correcto y te preguntas qué narices haces allí arriba, sin resuello ni chocolatinas ni tabaco, sintiendo cada vez más vértigo, a punto de perderte o resbalar montaña abajo. Un paso en falso y lo mínimo que te puede pasar es que te rompas una pierna o que no puedas volver a sentarte en una semana. Porque aquí las montañas cobran peaje. Risas, las justas. Si ves un helicóptero surcando el cielo, y ves muchos, es poco probable que en su interior viajen algunos privilegiados que van a practicar el último grito, el heliesquí, consistente en que te suelten en algún lugar fuera de las pistas para realizar un descenso exclusivo sobre nieve virgen, sin aglomeraciones. El heliesquí está prohibido en Francia y sólo se puede practicar en las vertientes suiza e italiana de los Alpes. No: lo más probable es que lo que veas sean helicópteros de rescate. Según una estadística no sé hasta qué punto fiable -yo no me fío de casi ninguna-, en el valle de Chamonix muere una persona casi todos los días. Y no es por culpa del tabaco. Pero el momento fatal, ése en el que sientes lo que antes se llamaba sencillamente riesgo y ahora se denomina una descarga de adrenalina, ése que convirtió las montañas en el lugar donde se práctica el montañismo, no duró demasiado. Por suerte o por desgracia, hasta en la alta montaña es raro estar verdaderamente solo. Acabas cruzándote con alguien. Puede ser un corredor, sí, muy serio, con zapatillas, en pantalones cortos y con gorrito. O un esquiador a la antigua con pinta de austriaco. O un senderista acompañado de sus hijos adolescentes y resacosos. Da igual. El caso es que siempre saben más que tú, son menos insensatos y te indican el camino de regreso a la llanura.

Marmotas disecadas

Una excursión en principio más relajada y muy popular consiste en coger el tren cremallera del Montevers, que sube al mirador del mismo nombre. Cuando digo popular me refiero a que el tren no sale hasta que haya al menos un niño de todas y cada una de las nacionalidades del viejo continente. Allí, además de un hotel, hay un pequeño museo en el que puedes ver la fauna local disecada, es decir, las gamuzas, marmotas, zorros, águilas y liebres que jamás vas a ver al natural. Del mirador parte un funicular que baja hacia el Mer de Glace, el mar de hielo, la atracción principal, un lugar mítico. Los glaciares, que antaño se temía iban a asolar el mundo y destrozarlo todo -eran algo así como el peligro amarillo en clave naturaleza-, y que ahora retroceden amedrentados ante nuestro contraataque devastador, siempre han sido muy admirados. Tras el funicular, hay que bajar unos cientos de peldaños para ver una gruta practicada en el hielo cuyo único interés consiste en que las paredes son de hielo. Después hay que subir de vuelta cientos de escalones. Lo aviso por si ustedes, como yo, viajan con niños y no son especialmente masoquistas. Si, de todos modos, son amantes de las vistas amplias y profundas, se puede subir en teleférico, sin escaleras, al Brévent o al Aiguille du Midi. Allí arriba, el panorama se ríe de las fronteras.

La noche antes de partir, al repasar si había hecho los deberes del viaje, caí, lleno de inquietud, en que no sabía si había llegado a ver el Mont Blanc. Desde luego, si lo había visto, fue sin darme cuenta, sin reconocerlo. Lo pensé un rato y acabé por alegrarme. Creo que esconderse tras las nubes es el último truco que le queda al viejo Mont Blanc, tantas veces fotografiado, pisoteado y conquistado, para preservar su intimidad de vez en cuando. Al menos él, un verdadero gigante, sigue siendo capaz de sustraerse a nuestra vista, de jugar al escondite. Así, algunos de nosotros, turistas algo ineptos, no podremos marcar con una crucecita donde dice “Mont Blanc” en la lista de nuestro simpático cuadernillo de “Lugares que no podemos dejar de ver con nuestros propios ojos antes de morir”. Bien por el Mont Blanc, claro que sí.

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CARRERA POR MONTAÑA CANFRANC-CANFRANC 2007

Saturday, January 17th, 2009